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28.07.2017   |  Actualidad| Volver

Día mundial de la hepatitis 2017

El 28 de julio es el Día mundial de la hepatitis y la fecha elegida corresponde al nacimiento del Dr. Baruch Samuel Blumberg -el descubridor del virus de la hepatitis B-. Mediante la conmemoración de esta jornada se busca fomentar la toma de conciencia sobre las hepatitis virales y las enfermedades que causan; esta acción se lleva a cabo a través del tema "Eliminar la hepatitis" comprendido en la campaña #ShowYourFace.

Según datos difundidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), existe alrededor de 240 millones de personas con infección crónica por hepatitis B y sólo el 5 % lo sabe. En tanto, se aclara que el 90 % de los casos de infección por hepatitis C se puede curar con antivíricos.

Asimismo, cabe mencionar que los virus A, B, C, D y E generan infecciones agudas y crónicas e inflamación del hígado; lo cual puede culminar en cirrosis y hasta cáncer hepático. Por esta razón es que en la actual instancia te hacemos llegar toda la información necesaria sobre la hepatitis para que puedas comprender mejor esta enfermedad y sepas cómo prevenirla.

Conceptos y etiología

El término hepatitis se refiere a la inflamación del hígado y puede comprometer la función de este órgano. El factor más importante es la prevención de la enfermedad e impedir la evolución hacia trastornos más graves. La hepatitis presenta numerosas etiologías y las que se destacan por su frecuencia son: las virales -virus de la hepatitis A, B, C, D, E y G, y otros virus como Epstein Barr y Citomegalovirus-, algunas bacterias como la Leptospira, el alcohol, los fármacos -metotrexate y amiodarona, entre otros-, tóxicos como yuyos, autoinmunidad y el hígado graso no alcohólico. Otras causas más raras son las metabólicas: hemocromatosis -sobrecarga de hierro- y enfermedad de Wilson -sobrecarga de cobre-.

Presentación clínica

Se puede desarrollar en forma aguda, crónica -cuando tiene una evolución mayor a seis meses- o hiperaguda -fallo hepático agudo-. Los signos y síntomas dependerán de la manera de presentación, pero en todos los casos los más relevantes son: la ictericia -color amarillo de piel y mucosas- y la hepatomegalia -aumento del tamaño hepático-. La ictericia es consecuencia del bloqueo al flujo de bilis que se produce en el hígado secundario a la inflamación de éste y que repercute en la función hepática.

La causa más frecuente de hepatitis aguda es viral y posee un período de incubación asintomático de duración variable en función del virus implicado. Posteriormente, aparece el período prodrómico en el cual se puede presentar: náuseas, vómitos, astenia -cansancio-, fiebre elevada, dolores musculares o articulares, cefalea y dolor en el sector superior derecho del abdomen. A esta etapa le sigue el período de estado en el que aparece la ictericia, coluria -orinas de color oscuro que manchan la ropa interior-, hipocolia -materias fecales pálidas-, hepatomegalia y esplenomegalia leve -aumento del tamaño del bazo-. Por último, en el período de convalecencia desaparece la ictericia aunque persiste el cansancio.

Si la hepatitis evoluciona hacia su forma crónica, entonces el cuadro estará compuesto por ictericia y otros elementos clínicos de insuficiencia hepática: sangrados que pueden ser cutáneos -hematomas o petequias que son puntos rojos en la piel que no desaparecen cuando se les ejerce presión- o sangrados viscerales de los diferentes órganos y elementos de encefalopatía hepática que se describirán más adelante.

Cuando la enfermedad es crónica, la insuficiencia hepatocítica se ve acompañada, en el hombre, por ciertos signos: aumento del tamaño de las mamas y disminución del vello corporal, entre otros. En ciertas ocasiones pueden observarse elementos de hipertensión en la vena porta, lo que significa una acumulación de líquido en diferentes sectores del organismo -hinchazón o edema de manos, cara, miembros inferiores o aumento del volumen del abdomen-. Afortunadamente, la manera menos frecuente y más grave de presentación de la hepatitis es el fallo hepático agudo. En este caso, se presenta ictericia y elementos clínicos de encefalopatía hepática: desorientación, alteración del ritmo del sueño, disminución del estado de conciencia y hasta el coma.

Diagnóstico

Se sospecha ante los elementos clínicos ya descritos y se confirma con el aumento de las enzimas hepáticas -TGO y TGP- en el hepatograma; el valor dependerá de la causa pero, en general, se elevan entre 10 y 40 veces de lo normal. El hepatograma mostrará un aumento de las bilirrubinas, mientras que también se podrán ver elevados otros parámetros -como fosfatasa alcalina y gamaglutamiltransferasa- en determinados casos. Otros exámenes de laboratorio de valor son:

  • El hemograma: se puede encontrar una disminución del recuento de glóbulos blancos -leucopenia- cuando se trata de una causa viral.
  • El examen de orina: podrá mostrar urobilinógeno.
  • La crasis sanguínea: traducirá la disfunción hepática si el valor de la tasa de protrombina se encuentra disminuido.

  • Para valorar la morfología hepática se solicita una ecografía abdominal que mostrará un aumento del tamaño del hígado en las hepatitis agudas; también se encontrará la misma disminución en las formas crónicas. Luego de confirmar que se está ante una hepatitis, hay que investigar la etiología. Algunas se pueden deducir de la historia clínica, como por ejemplo: el alcohol, los tóxicos o fármacos. Para el resto de las causas se deben solicitar exámenes paraclínicos. Si se sospecha de la existencia de hepatitis viral se solicitarán los anticuerpos para los virus de hepatitis A, B y C, anticitomegalovirus y Paul-Bunnell. Si el paciente es de sexo femenino y posee antecedentes personales o familiares de enfermedades autoinmunes -además de sospechar una hepatitis autoinmune- se requerirán anticuerpos de autoinmunidad.
    Cuando se trata de una persona de sexo masculino, de entre 40 y 60 años, con pigmentación cutánea amarronada en las zonas expuestas y los pliegues, entonces se buscará una hemocromatosis; para esto hay que contar con el metabolismo del hierro -ferritina sérica y saturación de transferrina, ambas se encontrarán muy elevadas-, pudiéndose realizar una biopsia hepática para investigar la carga de hierro del hígado. Otra rara etiología es la enfermedad de Wilson: se sospecha de su presencia cuando se está ante un individuo joven de sexo masculino con síntomas y signos neurológicos y que puede poseer un anillo pardo verdoso a nivel ocular llamado anillo de Kayser-Fleischer.

    Evolución y pronóstico

    La hepatitis aguda puede ser autolimitada o evolucionar hacia la cronicidad. En la primera, el cuadro se resuelve llevándolo a la curación. Pero cuando evoluciona hacia la cronicidad, entonces existe riesgo de insuficiencia hepática con diferentes niveles de gravedad e incluso se incrementa la posibilidad de desarrollar un hepatocarcinoma -cáncer de hígado-. Dentro de las etiologías virales, las hepatitis B, C y D pueden cronificarse y evolucionar a la cirrosis; esto último también tendría lugar con la hepatitis autoinmune, las metabólicas -hemocromatosis y enfermedad de Wilson-, la alcohólica y el hígado graso no alcohólico. Generalmente, los tóxicos o fármacos son responsables de formas graves e hiperagudas de la enfermedad pero que no se vuelven crónicas.

    El pronóstico dependerá de la causa, así como también del diagnóstico precoz y de que evolucione o no hacia la cronicidad. Las de peor pronóstico: cuando no se identifica la causa -eso se da mediante un diagnóstico tardío o si se vuelve crónica-. Además, las formas hiperagudas, en la mayoría de los casos, tienen mal pronóstico.

    Tratamiento y profilaxis

    Se indica reposo, habitualmente, mientras las enzimas están elevadas. También se aplican tratamientos dirigidos a los síntomas generales: antitérmico-analgésicos y antieméticos. No existe una indicación precisa de dieta en esta enfermedad, aunque es aconsejable que no contenga grasas, sea reducida en azúcares y sin alcohol. El tratamiento específico dependerá de la causa de la hepatitis: aislamiento en el caso de las infecciosas, corticoides para las autoinmunes y fármacos especiales para las metabólicas. En determinadas condiciones se debe recurrir al uso de antivirales.

    Una vez más, la profilaxis adquiere un papel esencial. Tiene especial significado en el caso de las hepatitis virales porque en función de la forma de transmisión se puede adoptar una serie de medidas higiénicas o hábitos de vida para lograr evitarlas.
    La hepatitis A se transmite por vía fecal-oral; por lo tanto, se deben aplicar medidas higiénicas, tales como el lavado de manos y no estar en contacto con la persona infectada. En el caso de los virus B, C y D, que son de transmisión sanguínea y sexual, es necesario evitar el hecho de compartir objetos punzantes y siempre utilizar preservativos en las relaciones sexuales.

    Mención especial merece la inmunización; en la actualidad, existen vacunas para la prevención de la hepatitis A y B. No obstante, no existe una inoculación para el virus C; por esta razón, es sumamente primordial la aplicación de las medidas de prevención antes señaladas. El virus D "sobreinfecta" a las personas portadoras del virus B, por lo cual la vacuna para la hepatitis B previene, indirectamente, la infección por este virus; esa inoculación se administra mediante vía intramuscular en tres dosis -la segunda dosis al mes de la primera y la tercera dosis a los seis meses de la primera, pero si pasa más de medio año entre la primera y segunda dosis, el paciente deberá revacunarse-.
    Existe otra forma para inmunizarse que es la llamada inmunización pasiva: la gamaglobulina hiperinmune. Debe administrarse entre las primeras 48 y 72 horas luego de la exposición al virus; esta forma de prevención es la que se utiliza cuando ocurren contagios accidentales del virus -por ejemplo, cuando la persona se pincha con una aguja- y, en general, se administra la primera dosis de la vacuna luego de sucedido el percance.

    Dr. Osar López
    Médico de SUAT

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    Palabras clave: Hepatitis, OMS, infección, hígado

    Diccionario Médico

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